Se miró una vez más esa nariz, la heredada. Se atrevió a mirarse el cuerpo, aquel ya castigado y abandonado hace muchísimos años . El pelo, oleoso y enrulado era como una pelusa payasística que adornaba su cabeza desproporcionada.
Nausabundos granos alojados en lugares inauditos.Sus anteojos quebrados personificaban a una caricatura,sus dientes, amarillos casi verduscos. Se animó a quitarse la remera que llevaba puesta,inmunda y tatuada ya hace hace semanas en su cuerpo . Y se sacó la pollera, pollera desgastada por el tiempo. Sus flácidos muslos apenas cabían en la imagen y su flojedad se expandía por todo los rincones que se alcanzaban a observar. Las estrías eran como arroyos que recorrían aquel cuerpo maltrecho y arruinado por las decepciones. Sus ojos se estremecieron al ignorar aquello y conocerlo tan repentinamente. Se vió realmente como estaba y por primera vez en años dejó caer una lágrima, pero que se clavó como daga en el medio de su ser, ese ser perturbado y atormentado.Existe un tipo de traición que es la peor de todas, la más deplorable e imperdonable: la traición a uno mismo. La traición es una daga que llevamos en el pecho, invisible pero que se alimenta de la carroña de nuestros pensamientos hasta que sucumbe en un horroroso y estrepitoso momento. Fue en ese instante ,en el que con todas sus fuerzas y con un impulso que nació desde lo más profundo de su repulsivo cuerpo, una trompada se estrelló contra ese espejo. Un golpe cuyo fin era el de socabar lo repugnante y dantesco de la escena. El espejo estalló en cientos de fragmentos y como una última reacción para proteger ese infernal cuerpo, se agachó para protegerse. La deslealtad, la ingratitud, la traición que se había auto inflingido era ahora un motivo para que su respiración se hallara tan agitada y escasa. Sus ojos se inyectaron de sangre y tendida en el piso reparó en un pedazo de espejo. Sólo podía observar su ojo izquierdo en él y se asombró al ver que era ella la que se procuraba una vida lúgubre y sin sentido. Y ese espejo era causante de su presente agonía.Escuchó pasos y sabía que vendrían pronto por ella. No quedaba mucho tiempo. Su cautiverio acabaría. Aún con el trozo de espejo en su mano sucumbió en un llanto, por última vez, mientras la herida en su cuello se abría más y más paso hacia la liberación.
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