domingo, 4 de julio de 2010

Se halló sola.

Se halló sola. La invadía la soledad del silencio. Salió a caminar sin rumbo y se sumergió en llanto. Sus lágrimas serían las últimas, se dijo. Debía empezar a salir de esta inmensa depresión en la que había sucumbido. Caminó por la avenida Santa Fe

sin rumbo. Otra vez se sentó en aquella mesa en el mismo café y ordenó lo de siempre. Sacó su cuaderno y me dedicó una poesía más.
Un pánico interior inundó el momento; no recordaba bien mi rostro. Todavía podía percibir mi perfume, pero se asustó de imaginar el olvido. Ya era de madrugada y el crepúsculo asomaba. Cada vez que volvía a casa creía que tal vez todo había sido un sueño y que yo estaría esperándola. La ilusión era efímera y absurda.
Observo la mesa de luz, aquella que alguna vez fue nuestra. Allí, burlonas se hallaba la forma de dejar todo atrás. Solo unas pastillas y un poco de agua. La escapatoria más cobarde que se le pudo ocurrir. Pero sabía que sin mi su vida no tenía sentido y que su alma no hallaría paz si no podía estar a mi lado. Tomó una a una esas pastillas celestes y cada una le brindo un recuerdo de nuestro tiempo juntos.
No soportó más.No quería esperar. Se puso la campera y caminó nuevamente para Recoleta. Otra vez venía a buscarme. De nuevo quería verme. Al menos una vez más. Miró a su alrededor y en Plaza Francia no había nadie. Aún era muy temprano. Observó que faltaban sólo 15 minutos para que abrieran el cementerio. Prendió un cigarrillo y aguardó, sería la última vez que lloraría sobre mi lecho.

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